Masculinidad, adolescencia y cultura neoliberal en el cine español: “El niño” y “A cambio de nada”

A cambio de nada, primer premio del Festival de cine de Málaga, efectivamente no cambia nada, sigue reproduciendo los estereotipos de masculinidad tóxica usando la misma narrativa y los mismos guiones de género que El niño, muy exitosa en los Goya en 2015. E incluso recurriendo a Luis Tosar, que ofrece una de cal y otra de arena en su encasillamiento como representación del “hombre masculino español”, donde igual pone en evidencia el machismo que lo asume implícitamente en sus personajes y guiones.

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De cine y niños fantaseando

El niño (Daniel Monzón, 2014) y A cambio de nada (Daniel Guzmán, 2015) son dos películas premiadas en dos de los festivales de cine español que otorgan mayor prestigio cultural y proyección comercial. La primera recibió distintos premios en los Goya 2015 y la segunda acaba de recibir el máximo galardón en el Festival de Cine de Málaga 2016. Hago un repaso mental para poner estas dos películas en perspectiva dentro del monólogo masculino y capitalista que supone la industria del cine. Se trata de películas en que un director (hombre adulto) muestra a un varón adolescente cisgénero, o en su primera juventud, que ha de hacerse hombre ante el mundo y, en buena parte, contra el mundo.

Las primeras referencias que vienen a mi mente son del cine extranjero europeo: Los 400 golpes (Truffaut, 1959) y Kes (Loach, 1969), películas que, con sensibilidad y elegancia,nos hablan de unos chicos adolescentes que han de enfrentarse a unaKes 3 decadente sociedad industrial y disciplinaria llena de violencias explícitas y sutiles en que la represión es la base de la socialización. Son décadas de emergencia de la crítica a la familia como institución represiva, también en la psicología y la psiquiatría en su confluencia con los movimientos sociales. Si seguimos el rastro respecto al cine español desde finales del XX, A cambio de nada resuena con Barrio (Aranoa, 1998) o El bola (Mañas, 2000), mientras que El niño con Historias del Kronen (Armendáriz, 1995) o Azul oscuro casi negro (Sánchez Arévalo, 2006), ésta última como contrapunto respecto a las masculinidades retratadas en las otras.

 Me contaba una amiga que en el IES concertado donde trabaja los chicos cis adolescentes idealizan experiencias como cometer delitos graves e ir a la cárcel. Paralelamente, la fórmula cinematográfica de la masculinidad adolescente o juvenil rebelde y “outsider” resulta premiada (o sea, promocionada y promovida) en festivales de relevancia en España. Y no puedo evitar ver resonancias con lo que me cuenta mi amiga. Y preguntarme con qué fantaseaba yo en mi infancia y adolescencia. ¿Con qué fantaseaba? De los 80 a los 90, cuando era niño y hasta cierto momento de la adolescencia, como la mayoría de los sexuados “hombre” que estaban conformándose a las normas de masculinización, fantaseaba con ser, además de futbolista, policía y hasta torero. Es decir, ser lo que mi sociedad me presentaba como encarnación del héroe. Incluso fantaseaba con realizar alguna heroicidad notable ante la comunidad de referencia como “hombre español”, como enfrentarme y dejar KO a terroristas de ETA. Por tanto, un niño que fantaseaba o que deliraba a partir de las narrativas de la cultura postfranquista de la Transición.

Por ejemplo, la figura paradójicamente hipermasculinizada del héroe-torero había sido usada durante todo el franquismo y aún daba embestidas, especialmente para quienes sufrimos la programación folklorista de Canal Sur, que ha conseguido hasta día de hoy buena parte de su audiencia en hombres mayores que fueron niños a mediados del siglo XX. Western y toros, el afecto infantil asociado a los héroes: el cowboy y el torero. Los héroes de papá.

En el otro caso, la citación performativa del héroe policíaco y militar (o parapolicíaco y paramilitar) se intensificó con la llegada de los gobiernos neoliberales de Reagan y Thatcher a comienzos de los 80. Especialmente Reagan, quien tiraría de la industria del cine como parte de la estrategia para reinstituir la disposición popular hacia el apoyo de guerras neocoloniales que tan mermada había quedado tras Vietnam.

El movimiento hippy y antimilatirista venía rechazando la masculinidad moderna disciplinaria y performaba masculinidades lánguidas, feminizadas, adornadas, emocionales, irracionales, mutiladas, discapacitadas, pacíficas… Por eso, con Reagan, llegaron Stalone haciendo de Rambo y Rocky, y sus secuelas. Por eso Schwarzenegger, que mira tú quién es hoy políticamente. Por eso Bruce Willis, Mel Gibson o McGiver en Euskadi en un episodio ridículo en el que desmantela él solito un comando etarra.

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Con esto no quiero defender que reproducimos la cultura o los modelos cinematográficos pasivamente, como robots y sin resistencias, pero sí que nos afectan como referentes de identificación en la medida que legitiman ciertos posibles a base de excluir otros posibles, en concreto una masculinidad que muchxs tratamos de transformar o neutralizar desde otras instancias (también desde el cine mismo).

El nuevo héroe-villano

Así pues, con la revuelta neoconservadora de los 80 la industria cinematográfica norteamericana ha venido actualizando y expandiendo globalmente su onda masculinista-belicista. Hollywood se convirtió en una pieza fundamental del dispositivo de revirilización de los sexuados hombres en el contexto de revuelta y consolidación neoconservadora. Hablamos de industria del cine y de niños fantaseando…

Hoy día, narrativas como la de Los soprano, Breaking bad o Juego de tronos nos han hecho menos ingenuxs respecto a las narrativas modernas en que “el héroe” y “el villano” estaban claramente diferenciados y dicotomizados, como constructo ejemplar del Bien y del Mal tanto como de “lo hombre”. Y si no, recordemos al Superman de 1983 matando a su yo-villano con barba de tres días, sólo podía quedar uno… aún. El héroe. Pero, claramente, al héroe ya se le reconocía un villano en su interior con quien no podía convivir.

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Sin embargo ya podemos sentir atracción por el mal y por el bien a la vez, ya nos identificamos con personajes que son héroes y villanos a la vez. No es sólo que ya puedan convivir en contradicción, sino que, cada vez más, el villano tiende a ganarle la partida al héroe. El mundo que se nos recrea es, en realidad, un campo de batalla maquiavélico de malos contra malos movidos por intereses propios, donde el abuso de poder y la corrupción son la norma. Ya no hace falta andarse con tanta doble moral, tan necesaria anteriormente para el dominio masculino y el control poblacional. Tal vez entramos en una mitología más realista e incluso “clásica”, en el sentido de que en el politeísmo griego los dioses no tenían por qué ejemplificar el Bien. Una mitología que expresa mejor la violencia de un régimen tan explícitamente amoralista como el neoliberalismo. Se hizo la luz. Sonrían los ilustres imputados, sonrían los nuevos ricos y políticos mafiosos, los futbolistas estafadores del fisco o que agreden a sus parejas mientras la hinchada les felicita, los monarcas que se hacen los desvalidos a perdonar, Bush reconociendo que no había armas u Obama recibiendo el Nobel de la paz. Sonrían, no hay por qué dimitir, no hay de qué avergonzarse.

Los adolescentes invulnerables del neoliberalismo

Las nuevas narrativas del héroe parecen decirnos: hay que comprender las villanías de nuestro héroe, las heroicidades de nuestro villano. El niño y A cambio de nada muestran una versión maquiavélica y adolescente del viejo héroe del patriarcado capitalista colonial: el “varón invulnerable” que el neoliberalismo ha hecho resurgir con fuerzas renovadas, cada vez más como villano que como héroe, más como mafioso que como justiciero. Lo más novedoso de todo esto es, tal vez, que el protagonismo se ha rejuvenecido, ya no es el varón adulto blanco normativo funcional de las clases medias o sus despojos. Ahora es todo eso menos adulto, es un teenager. La fórmula es muy sencilla y nada novedosa respecto a la que venía siendo la propaganda masculinista del cine mainstream, sólo que ahora rebaja la edad y además, salvando las distancias, ofrece el tono corrosivo del cine Kinki español mientras pretende dárselas de “cine social” a lo Barrio o El bola. Pero al nuevo héroe-villano se le quiere porque se le comprende tal y como el gobierno norteamericano comprendió a los soldados excombatientes de Vietnam: psicologizándolos y hasta victimizándolos.

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Por tanto, un individuo absoluto y soberano que se enfrenta a toda expectativa social, excepto la de ser un machote insensible, calculador, frío y tan agresivo como capaz de soportar las agresiones y los golpes; que se mueve por sus propios intereses; que establece relaciones de lealtad con otros varones en base al afecto rudo, homófobo y misógino; que se liga a la chica y la lleva como una muñequita pasiva de paquete en su caballito Top-Gun (con moto terráquea o de agua); que adelanta a todxs en la carretera; que atraviesa con pasmosa facilidad la misma frontera hipervigilada en la que miles de africanxs han perdido la vida también con pasmosa facilidad; que se salta las normas de convivencia explícitas e implícitas; que trafica, roba, extorsiona y amenaza; que aparece de la nada, como el cowboy sin vínculos ni dependencias ni relaciones de cuidado de ningún tipo (sobre todo en El niño); que busca hacer dinero rápido y sin esfuerzo…

Y, como no, en ambas películas, elniñoamigoEl niño y A cambio de nada, la figura heróica del villano juvenil aparece resaltada a través de un amigo que representa una masculinidad insuficiente, es decir, feminizada y por tanto devaluada por feo, tonto, gordo, canijo, dependiente, temeroso, emotivo, liderado y protegido por, carente de iniciativa y autoridad y, por tanto, de atractivo. Es el loser que todo winner requiere para resaltar como tal en una sociedad que trata de meternos la fe en todo tipo de jerarquías hasta la médula (y, literalmente, llega a configurar nuestros sistemas nerviosos, nuestra percepción sensible).

El prota ya no se mueve en la alegalidad o la ilegalidad para poder llevar a cabo una heroicidad. Ya no le disputa el monopolio de la violencia al Estado para darle un plus de fuerza a su orden institucional y a la moral dominante, para hacerlo mejor que él. Ya no se presenta como protector paternalista de los intereses de una comunidad amenazada e incapaz de autodefensa. Ahora se mueve en la alegalidad y la amoralidad para realizar una villanía individualista. Transgrede el orden (o el desorden) para su beneficio personal y ocupar así una posición de superioridad.

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La vida como jerarquía y las vidas jerarquizadas. Ya no usa la violencia a favor del Stablishment, la comunidad o lxs débiles, sino para su beneficio propio. En El niño la compraventa de hachís, en A cambio de nada el robo. Lo que antes eran películas de “gamberradas”, cercanas a la comedia a veces, sube varios peldaños en la escalada de gravedad hasta que sus personajes enfrentan el delito y sus riesgos con indiferencia ante las posibles consecuencias. Ya no sólo a padres o profesorados, ahora se enfrenta a policías y jueces desde el desarraigo y la indiferencia.

Es en la deslegitimación kinki de las instituciones sociales donde el individualismo masculinista se reafirma encarnado ahora en el cuerpo de un varón cis adolescente. LosPlay!” y “Just do it!” les seducen y subjetivan mucho mejor que unas instituciones anquilosadas que les pide a “adolescentes” y “jóvenes” represión del placer inmediato por un futuro que no puede tomar forma en su imaginación. Instituciones que les piden que trabajen gratis voluntariamente y que emprendan sin medios o se vayan. No hay politicidad ni propuestas de transformación colectiva, sólo estrategias individuales en busca del propio interés y goce. No hay sociedad, sólo individuos y su familias, dirá Thatcher en su declaración de principios neocon (en El niño ésta última desaparece y en A cambio de nada es una familia tóxica y desmoronada).

A-cambio-de-nada-La-noble-edad-de-la-inocencia_landscapeY al final, han de caernos bien, han de ser comprendidos y hasta debemos condescender. Eso nos dicen los guionistas y los jurados. Como se condesciende con políticxs corruptxs, nuevos ricos mafiosetes o futbolistas que evitan el fisco, que golpean a sus parejas o que se ven envueltos en escándolos sexuales con chicas menores de edad. Porque va de eso, de que “me cayó bien y/o mal”, de que “me gusta y/o no me gusta”, de que comprendamos en términos psicologizantes y consumistas el discurso que se nos presenta. De que sigamos siendo condescendientes con cierto tipo de efectos de las normas de género en nuestras vidas y en la vida colectiva, en concreto con el mito de la masculinidad autosuficiente y omnipotente propio del patriarcado capitalista colonial que, reactualizado por el régimen neoliberal, no reconoce la vulnerabilidad de la vida ni los vínculos que la hacen posible y sostenible.

Los adolescentes vulnerables de las crisis

Pero esos adolescentes son los hijos de la crisis de los cuidados, son los hijos de la crisis económica, son los hijos de la crisis de futuro, son los hijos del reformismo educativo, son los hijos de las privatizaciones… Son los hijos que acusamos de ser más machistas que antes cuando responden enpeligroniñossueltos una encuesta cerrada que “preferirían que la mujer esté en casa” y se han pasado una infancia de ausencias paternas (históricamente normalizadas) y maternas (socialmente culpabilizadas), al cargo de máquinas, actividades extraescolares, abuelas y mujeres migrantes… Son los hijos de o-pierdes-o-ganas, o-comes-o-te-comen. Estas cuestiones, y la masculinidad misma, no son objeto del relato en estas películas sino, más bien, su lógica implícita, el contexto cultural donde se hace posible su inteligibilidad, su éxito y la atracción hacia sus protagonistas. La negación del cuidado de la vida no sólo no se critica o refleja sino que se celebra y resulta premiada. Somos profundamente violentxs cuando es esto lo que nos seduce y lo que nuestra cultura oficial celebra.

Para estas narrativas de éxito no existen lxs adolescentes que han salido a las calles todos estos años para defender la Educación Pública -por ejemplo, aquellxs que fueron señaladxs como “enemigos” por el gobierno de Valencia-, no existen aquellxs que salieron a las plazas para hacer de su rechazo al régimen una resistencia creativa y colectiva. Un varón feminizado, que cuida y lucha como uno más por el bien común, no tiene cabida ni interés. Porque ése sí es peligroso de verdad, ése sí supone una amenaza para el régimen. Así, este tipo de películas, El niño y A cambio de nada, contribuyen al estereotipo adultocrático (moral panic) que recae sobre lxs adolescentes: son indisciplinadxs y peligrosxs. Porque siempre será más fácil de controlar el malestar adolescente si es reconducido al indivudalismo que permitir su politización, donde reside el verdadero peligro para el régimen.

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Hipocresía y cultura de mercado

Así pues, resulta que hasta el Festival de Cine de Málaga quiere ser héroe y villano a la vez. ¿Acaso no es esa la base de la corrección política? Donde la “corrección” es el héroe que sabe que ha de mostrarse sensible a las discriminaciones y desigualdades de género, la “política” es el villano que, sin ser realmente sensible a lo sabe que ha de saber, tiene como prioridad acumular capital y poder. Por eso el festival tiene una sección llamada “Afirmando los derechos de la mujer” (matinal eso sí). Por eso tiene una sesión Arcoiris LGTBI (aunque sea imposible encontrar referencia explícita en su web). Es sólo que después encumbra el mito machista del varón invulnerable dándole su máxima capacidad de reconocimiento y visibilidad. Al final, si no se ha desarrollado una sensibilidad real (por tanto, incorrecta) hay que apostar por el caballo ganador, por la villanía de la mercantilización de la cultura y de las narrativas machistas.

Acerca de atorovlac

Escribo desde la frontera sur de europa a partir de la pregunta "¿cómo resistir?" que le hago todos los días al hombre blanco capitalista que me sujeta
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