La caza o el hálito de la pederastia

La mitología de la “sexualidad masculina” asocia una supuesta naturaleza profunda o bioquímica (reproducida discursivamente por heteros y homos) a un deseo sexual irrefrenable, una sempiterna disposición y sometimiento a la oportunidad, hasta el punto de encontrar en ello una explicación, y una legitimación, de la utilización de la violencia o la manipulación para forzar y someter sexualmente otro cuerpo subordinable. Desde esta óptica determinista, binaria, biologicista y esencialista todo hombre es un potencial agresor sexual y la cultura debe reprimir y encauzar esos instintos hacia el autocontrol y, de últimas, o primeras, al prostíbulo. Y con el excedente de violencia sexual que no asimila la cultura pues, ¡qué le vamos a hacer! Tanto es así que en EEUU, donde la lógica del mercado ha penetrado prácticamente en todas las esferas de la vida y del gobierno, han decidido hacer negocio. Existen centros de rehabilitación específicos para condenados por delitos de pederastia que ya han cumplido condena en la cárcel, pero a los que se les pasa a este “programa de rehabilitación” en el que nunca saben cuál es el criterio para poder salir y de donde la mayoría jamás vuelve a salir. Si no podemos con la perversión natural de los hombres, habrán pensado, al menos hagamos negocio de ella, pero no lo llamemos cadena perpetua. (Aquí un reportaje bastante desagradable del tema, no sólo por el delito del que se trata y el discurso de alguno de los internos, sino por la violencia institucional que el personal y el periodista ejercen sobre los propios internos).

Pero, con este artículo, mi intención no es poner el foco ni sobre los agresores ni sobre las víctimas de la violencia sexual, sino sobre una cuestión colateral, en parte consecuencia de lo anterior: el hálito que desprende la pederastia impregna todo el campo social y genera una micropolítica de la desconfianza que llega a bloquear la relación entre hombres y niñxs. Aunque no me resulte fácil, me propongo poner sobre la mesa la función preventiva, contenedora y represiva de la sospecha pederasta en la relación entre menores y biohombres.

Evitar a lxs niñxs como requisito de hombridad

En el año 2011 asistí al Congreso Iberoamericano de Masculinidades y Equidad: Investigación y Activismo (CIME) celebrado en Barcelona. Entre las presentaciones me topé con un estudio académico (para no romper la tónica general del congreso) llamado El profesorado masculino en centros de educación infantil – Resultados principales de un estudiocualitativo y cuantitativo en Alemania, presentado por Jens Krabel. El ponente puso sobre la mesa el miedo social hacia los abusos sexuales de hombres hacia niñxs como uno de los motivos implicados en la escasa incorporación de biohombres en educación infantil y uno de los temores expresados por los centros educativos y los padres. Un estudiante le dice a Jens en una entrevista:

 “Este hecho de ser pre-enjuiciado como hombre, de que… que uno sea observado y que… esto lo había pensado con preocupación. Porque frente a los medios es siempre el hombre el malandrín con respecto a los niños. Y yo no sabía cómo esta decisión de ser educador… en la cotidianidad de mi trabajo… lo que me esperaba”.

 En el estudio se pide a lxs encuestadxs que se posicionen ante esta afirmación: “Aunque con ello se sea injusto con muchos hombres, yo ya he pensado en el peligro de un posible abuso sexual por parte de los profesores masculinos”, y la tasa de quienes se lo han planteado es bastante alta. Pese a ello, en el contexto berlinés donde se desarrolla el estudio, se estima una alta deseabilidad por parte de los centros y m/padres de que haya una mayor presencia de hombres (y si le echáis un ojo veréis que por motivos bastante heterosexistas, ya que presuponen en los hombres “aportes masculinos” a lxs niñxs frente al monopolio de los “aportes femeninos”). Tal como se expresa en el estudio, el abuso sexual por parte del profesorado identificado como masculino se asume como un riesgo.

home for friendless children Creo que esta fue una de las intervenciones que más me afectó, me di cuenta de que el hálito de la pederastia me había estado rondando desde hacía mucho, pero que jamás le había puesto palabras.

Un apunte sociológico, para tomar una cierta perspectiva: Talcott Parsons fue el padre de la sociología estructural-funcionalista norteamericana (armazón teórico/ideológico de las políticas desarrollistas del s. XX) y patriarca de la sociología como herramienta de poder. Pues bien, este tipo escribió en los 50 una perla huxleyana sobre el papel de la educación infantil en el diseño del orden y la cohesión social que tanto le obsesionaba: “El aula como sistema social”. Ahí viene a prescribir, dándose autoridad con el psicoanálisis de moda, que la correcta socialización infantil en la escuela, es decir, la integradora, adaptativa e inhibidora de desviaciones y resistencias, requiere profesoras en los primeros años de escolarización para que el niño y la niña mantengan la continuidad funcional con el rol femenino (psico-naturalizado) de la madre en el hogar. Es a partir de la adolescencia cuando el Edipo escolar ha de acudir a reforzar el Edipo familiar, o sea, el profesor es convocado a entrar en las aulas para que comience a consumar la separación afectiva de la profesora y a proveer a la sociedad de futuros mariditos y esposas que compongan familias heterofuncionales para el capitalismo de postguerra.

Los profesores varones de la adolescencia vendrían a purgarnos del exceso de feminidad infantil, así como a purgarse ellos y al sistema escolar mismo de la posibilidad de su propia feminización, expuestos como están a unos seres escolarizados que todavía requieren más cuidados que disciplina. Los sujetos del estructural-funcionalismo son aquí meras prótesis de memoria social (roles) que deben ocupar bien su lugar funcional, según el sexo diagnosticado al nacer, para la reproducción de la estructura. El papel del padre/profesor y de la madre/profesora quedan científicamente institucionalizados, amén. Lxs infantes no son cosa de hombres, esperen a que sean adolescentes y peligrosos. Fin del apunte.

Sunday-Schools-That-Teach-Children-Anarchy-May-8-1910Y continúo…

Visito a mis padres después del congreso y le comento a mi madre sobre esta ponencia que me ha afectado especialmente. Le sobreviene un recuerdo. A finales de los 80 el entonces APA del colegio (público) le encomienda la misión de decirle a un profesor nuevo de 1º y 2º de EGB (6 y 7 años) que no sea tan cariñoso con lxs niñxs. Todo partió de una sospecha preventiva adulta, una medida de prevención del riesgo, no es que alguna alumna o alumno se hubiera quejado. Mi madre no guarda buen recuerdo de aquella situación, no parece que sea algo que volvería a hacer. Rememora con tristeza la cara de reo de este profesor. Días después, E.S. me cuenta sobre su colega que, 30 años después de la anécdota de mi madre, optó por no ejercer educación infantil porque haciendo las prácticas le dijeron que no fuera tan cariñoso con lxs niñxs, y se pasó a Ciencias de la Comunicación.

 Yo también rememoro. Como decía, había percibido intuitivamente el hálito de la pederastia desde hacía mucho tiempo. Mi primer recuerdo de esto fue con unos 13 ó 14 años. Hice muy buenas migas con la hija de 9 años de unos amigos de mis padres en un pueblo costero donde pasábamos una semana. Nos divertíamos mucho juntxs, se notaba que teníamos ganas de vernos, nos buscábamos remolonamente… Igual jugábamos al fútbol que hacíamos figuras de arcilla. Pero yo notaba que la madre nos intentaba apartar, no le gustaba nuestra amistad. Recuerdo mi propia vergüenza edípica, ¿qué haces tú, todo un hombrecito, queriendo jugar con una niña y, además, más pequeña? Acabamos evitándonos. No es casual que esto me ocurriera en la adolescencia. Es la edad en que, desde la óptica adultocrática uno pasa de ser objeto biopolítico de protección y victimización (niñx) a potencial peligro a contener (adolescente/joven), es decir, gubernamentalmente pasamos, especialmente como varones, de vulnerable infante (sobreprotegido, sujeto de derechos, potencial víctima de todos los peligros, cristal delicado, fuente de verdad y pureza, promesa de futuro) a adolescente (desobediente, sin respeto a la autoridad, que ha perdido los valores, contaminado, sin certeza de futuro); ambos regidos por la biopolítica del menor. Además, la aparición de capacidades biológicas reproductivas produce un efecto sexualizador de los cuerpos: se pasa de la presuposición de asexualidad en lxs niñxs al temor a la incontrolabilidad sexual de los cuerpos adolescentes. El varón adolescente ya se hace susceptible de la codificación sexual asociada al biohombre adulto: ya tiene una sexualidad potencialmente violenta, peligrosa, amenazante, irrefrenable.

 Más anécdotas. Año 2004, Cork city, Irlanda. Vivo con un tipo de 40 años con estética de James Dean trasnochado. Tiene una hija de 5 años producto del alcohol y el catolicismo. La niña pasa unos 2 días por semana en casa. La casa es un caos, esos días con su padre son sus 2 días de gloria: she rules! Aunque a veces adopta conmigo una pose como de soberbia y me ignora otras me busca para jugar. Hay días en que me adora y otros que ni me habla. Ese día estábamos en la cocina, el padre en otra habitación. Estamos hablando, riendo, me da un ataque de amor y le doy un beso en la mejilla con ¡¡ñññmmmm!! incorporado. Ella da un respingo hacia atrás, me quedo sorprendido. Me amenaza con decírselo a su padre. Me quedo helado. Reacciono: no debo darle ninguna señal de que he hecho algo malo, de que me da miedo su amenaza, de que tiene el poder que tiene de sembrar la sospecha sobre mí. En realidad, allí no son físicamente afectuosos ni con lxs niñxs, allí no te da un beso o te toca cualquiera. Hoy día no creo que lxs niñxs deban de soportar los besos de lxs mayores cual fatalidad, pero ¿la había cagado tanto? Le pregunto sonriente y contundente: So what!? What´s wrong!? Ella se queda mirándome, no tiene argumentos. Me voy de la cocina y se viene detrás mía, se agarra a mi pierna para que la suba por las escaleras. Me persigue por la casa para jugar. Puede que esté aprendiendo a diferenciar…

Esta vez estoy en una playa nudista. La hija de la hermana de un colega se quiere bañar, la cojo en brazos, la arena arde, y me la llevo al agua. Tiene 3 años, es listísima y habla por los codos. La llevo rodeada con un brazo por el agua y me dice: “te estoy dando con el pie en la colita” y se parte de risa. Le digo riéndome que es una gamberra y no le doy más importancia. O sí, ahora sí me hago consciente del contacto corporal bajo el agua. Me vuelve a dar con el pie, lo dice y se ríe. Yo también me río, pero ya incómodo. No sé si está notando mi incomodidad, pero ahora quiere convertirlo en un juego. Me rindo: le digo que ya está bien, que qué pesada con la colita, que por qué no jugamos a que me ponga los pies en el pecho y estirarla de brazos y piernas. Le encanta la idea, pero… ¿el pecho cuál es?, me pregunta. ¡Esto! Le respondo. Está intrigadísima con el pecho de las mujeres, con la colita y con el tete, pero no sabe situar el pecho en un biohombre. No me apetece que llegue a las toallas diciendo que me ha dado con el pie en la colita y sentir que tengo que dar algún tipo de explicación al respecto.

 Otra: junio de 2013. Estoy en casa de un amigo, un “chaval” de cincuentaitantos que ese día está ilusionado. Lleva una temporada planeando una fiesta en su casa a la que acudirán buenxs amigxs, algunxs desde lejos, y sólo falta un día. Justo al lado, desde la ventana, un ajetreo increíble. Hay un jardín de infancia y es el último día de curso. Las educadoras echan el resto: han llenado un poco la piscina y al menos unos 15 niñxs están por todas partes en bañador con el cuerpo lleno de pintura. Y hacen de todo: bañarse, llorar, mear, cagar, subirse ahí arriba, etc… En fin, una locura no apta para cualquiera. La escena desde la ventana es divertidísima, dan ganas de echar una foto. Mi colega lo hace. Pasado un rato le comento lo de la charla del CIME, le saco el tema. Se queda pensando y me confiesa que hacía un minuto iba a poner en Facebook la foto con el encabezado: “¡la fiesta ya ha comenzado!” o algo así, pero que justo antes de darle a publicar ha pensado que era mejor no hacerlo…

 Los pocos colegas a los que les he contado que estaba escribiendo sobre esto han tenido alguna anécdota que contar. Todos en algún momento hemos estado en esa situación en la que un niñx en la calle se te acerca o pasas por su lado y el padre o la madre comienza a llamarlx con cierto tono de alarma. Esta sospecha es algo que tenemos que contemplar, algo de lo que hacernos cargo, viene con el lote en la asociación hombre-niñx… La violencia patriarcal, también en sus expresiones sexuales, es algo que atraviesa todo el socius, tratando de instalar su orden ya sea en sus representaciones más explícitas, grotescas y normalizadas como dejándonos sus moléculas de mierda en el inconsciente.

Vinterverg en Neverland 

El director Thomas Vinterberg ya tocó el tema del abuso sexual en Celebración (1998); en esa ocasión un hijo adulto aprovecha un homenaje a su padre, el viejo patriarca clásico burgués, para resignificarlo públicamente como pederasta incestuoso, pese a la resistencia pasiva de la comunidad a creerlo y de los demás hermanos a apoyar el destape. En Celebración, el valor simbólico acumulado como figura pública, como profesional y como padre de respetable familia, dificulta la verosimilitud de la acusación del hijo de monstruosidad en la vida íntima y doméstica. No es fácil arrebatarle el capital simbólico a un hombre de éxito. No obstante, una de las vías más importantes de desprestigio y aislamiento es la mera acusación de violencia sexual. Y es en esta perspectiva donde Vinterberg se sitúa esta vez con La caza (2012), película en la que ofrece la otra cara de la moneda: la sospecha de pederastia sobre un profesor de educación infantil cristaliza rápidamente en estigma y castigo comunitario, entrando en un proceso kafkiano.

fotomontaje la caza

 Vinterberg hace un trabajo bastante fino al retratar una masculinidad en el acusado lo suficientemente compleja como para generar cierta ambigüedad. Y es que -y seguro que no es al único que le pasa- el protagonista, colocado entre el antihéroe y el villano, es cariñoso, juguetón y expresivo con lxs niñxs, empezando con su propio hijo adolescente, pero desconcertantemente inexpresivo con lxs adultxs, especialmente cuando se ve en situación de tener que defenderse de una acusación que no sabe muy bien de dónde ha salido. Pero Vinterverg pretende decir algo más: hay un pacto de caballeros entre los privilegiados miembros del club de los cazadores y si alguien lo rompe pasará de cazador a presa de caza. De privilegiado cazador a objeto de la violencia comunitaria. Estar en el club de los cazadores puede tener un precio, que el club se te vuelva en contra. Especialmente ilustradoras de la contradicción que supone evitar el rechazo de la comunidad a costa de asimilarse a los códigos y prácticas de masculinización relacionadas con la violencia son las últimas escenas en la que los cazadores realizan el rito de iniciación de un nuevo miembro…

Todo esto me recuerda a una entrevista a Macaulay Culkin acerca de Michael Jackson después de la acusación de pederastia. Toda la cuestión de Jackson se fue convirtiendo en un circo mediático en el que el tema central pasó a ser: ¿qué narices hace un hombre de cincuentaitantos soltero (se rumoreó que el matrimonio con Presley vino a acallar esas críticas, o sea, a masculinizarlo y adultizarlo), rodeándose de niñxs, jugando con ellxs? Este discurso se repitió ad nauseam en la TV norteamericana (o sea, global) hasta crear un efecto de verdad (performativo) sobre cuál debe ser (prescriptivo) la relación que se tiene que establecer entre un biohombre adulto y un niñx o adolescente. Independientemente de lo realmente ocurrido, Jackson sirvió como cabeza de turco para generar un moral panic ejemplificador sobre la relación entre biohombres adultos y niñxs. Donde el amigo y el maestro están sancionados o bajo vigilancia, sólo queda espacio para el padre o el abuelo en el imaginario sexo-edadista. 

michael-jackson-pedophile-pedo-jail Pues bien, como decía, Culkin, que había sido amigo de Jackson desde niño y había pasado tiempo con él en Neverland, ofreció una lectura interesante cuando un periodista le interrogaba sobre qué narices hacía Michael Jackson buscando relacionarse con niñxs. Jackson había convertido su casa en un parque temático -lo que expresaba su íntima condición de personaje de ficción- y organizaba visitas grupales de niñxs socialmente desfavorecidxs por razones de salud, económicas u otras. En este sentido, Jackson se había convertido en la encarnación misma del neocapitalismo: filantropía e hiperrealidad. El caso es que, según Culkin, lxs niñxs eran las únicas personas con las que Michael Jackson podía no-ser Michael Jackson. Y es que Jackson fue convertido en un personaje de ficción, un semi-dios, desde su infancia: no existían apenas espacios de separación entre el desarrollo del personaje y el desarrollo de la persona (que podríamos entender como una multiplicidad de personajes). Ciudadano Jackson. El Michael Jackson múltiple habría quedado reducido a lo único: al king of pop. Lxs niñxs le ofrecerían ese espacio, con lxs niñxs podía ser el tío ese, raro o famoso tal vez, pero un tío que nos invita a su parque de atracciones particular y a jugar a la Play. Sólo en su espacio doméstico, convertido en parque temático, en una heterotopía de diversión infantil y adolescente (una paidotopía, parafraseando la pornotopía de Beatriz Preciado), podía tratar de desasirse de su interfaz pública. Lxs niñxs como mediadorxs del devenir humano de un dios, del devenir cualquiera del superstar, del devenir niñx de un adulto, del devenir real de un personaje hiperreal.

 ¿Puede un biohombre adulto desasirse de su hombridad, de su personaje reductor, en la relación con lxs niñxs, más allá de una relación de autoridad directa, a través del juego y el afecto? ¿Pueden un biohombre adulto y unx niñx ser amigxs y establecer relaciones de reciprocidad? La jerarquía de edad lo condiciona todo. Pero hay una potencia en esa relación: porque se puede crear una cierta separación o desplazamiento en la medida en que las expectativas normativas que definen los roles sociales se relajan o difuminan bastante más que en el tedioso corresponder del mundo adulto como padre, como trabajador, como pareja, como militante… Sin duda, a los ojos de lxs vigilantes del orden y la moral se trata de una relación que, como hombre, te feminiza: la hombridad queda suspendida, “se rebaja” al nivel de lxs históricamente tutelados por el patriarca: niñxs y mujeres. Devenir mujer, devenir niñx. Eso explica en buena parte por qué tantos biohombres que fueron padres ausentes y/o autoritarios se desviven en juegos y amores con sus nietxs: el viejo de hoy, producto de la descomposición de las clases obreras y medias, no acumula patrimonio ni económico ni simbólico que dejar como legado, se sale del rol capitalista-patriarcal de hombre y queda desvirilizado. Por eso los ricos, que sí dejan legado y procuran su endogamia, nos siguen dejando ese regustillo rancio a patriarca liberal tradicional.

 ¿Hasta qué punto interiorizamos el imaginario de la pederastia, en qué medida nos afecta la sospecha, la vergüenza de la mera acusación y su cristalización en estigma y evitamos el contacto físico o la implicación con lxs niñxs o manejarnos con su curiosidad sexual, especialmente con niñxs ajenxs a redes familiares o comunitarias de confianza (pese a que la mayoría de abusos se dan con familiares)? El hálito de la pederastia es una fuerza opuesta a la imagen (también para lxs niñxs) del hombre como cuidador. Este hálito no sólo parte de un principio de prudencia ante la posibilidad estadística de que si alguien abusa sexualmente de un menor aquel será un biohombre, sino que se alimenta de un doble desplazamiento: el de la infancia como dispositivo biopolítico de sobreprotección y victimización (que implica la creciente patologización y medicalización de lxs niñxs) y el de los hombres como efecto discursivo que asocia sistemáticamente masculinidad y violencia. Todo esto deriva en una micropolítica de la desconfianza que perpetua el imaginario pederasta sobre la relación entre niñxs y hombres.

 La cosa es que tenemos un reto importante: autodotarnos de dispositivos que nos permitan superar la crisis de cuidados en que nos vemos inmersxs. Hay muchos bloqueos al respecto. Bloqueos estructurales en la medida en que el neoliberalismo establece una política que radicaliza la vulnerabilidad social y las dinámicas heteropatriarcales que perpetúan los roles clásicos y las desigualdades derivadas. Pero también bloqueos micropolíticos que pasan por mutaciones subjetivas, a nivel molecular. La apertura de lxs niñxs a redes extensas y comunitarias, también la posibilidad de algo así como una crianza expandida, implica que los hombres seamos capaces de asumir el cuidado de las personas dependientes y de saber combinar cuidados y reciprocidad en las relaciones con lxs niñxs, independientemente de la paternidad, resistiendo los bloqueos culturales que, como hombres, nos separan de lxs niñxs.

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Escribo desde la frontera sur de europa a partir de la pregunta "¿cómo resistir?" que le hago todos los días al hombre blanco capitalista que me sujeta
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2 respuestas a La caza o el hálito de la pederastia

  1. Me encanta tu blog. Cómo desgranas los temas, desde una óptica muy precisa, personal y política. Gracias. Comparto tu artículo. Muy bien explicado. Muy directo, muy real.

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